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El paro nacional que completó un mes nos deja una compleja realidad social que puede resumirse en una dicotomía sobre el futuro: lo deseable, entendido como el mundo ideal de igualdad, libertad y fraternidad soñado en los discursos; y lo posible, entendido como el mundo real de subdesarrollo, recursos escasos, pobreza y conflictos violentos. La enorme velocidad del mundo actual tendrá un capítulo muy especial para todos los colombianos en el año que viene. Se elegirán presidente y congresistas cuyos discursos deberán gravitar entre lo deseable y lo posible.

Gustavo Petro ha sido consistente en su oposición a toda la política económica y social del gobierno. Su principal problema ha sido la virulencia contra el sector financiero y contra las grandes empresas del país. Su radicalización le garantiza la fidelidad de al menos el 20% de los votantes en primera vuelta, pero también le genera un techo de impopularidad del que no puede salir. 

Su proyecto político es deseable para Colombia, en términos generales. Se ubica en el desarrollismo clásico que propone un Estado más grande, que intervenga duramente en la política monetaria y ensanche la deuda pública. La universalización de la educación superior y la política pensional ampliada es un paraíso deseable. El problema es que es poco viable, prácticamente imposible de lograr sin hacer enormes huecos en las cuentas nacionales y en la confianza empresarial. Su paso por la Alcaldía de Bogotá demostró que tiene formas autoritarias de gobernar.

Al otro lado, en la derecha, se ubican candidatos como Federico Gutiérrez o Germán Vargas Lleras que proponen la misma receta para solucionar la enorme pobreza que azota a los colombianos. Más estímulos a las grandes empresas para que inviertan y generen empleos. Ofrecen lo posible, es decir, ampliar hasta un margen tolerable por las calificadoras de riesgo, el gasto público; pero no plantean un cambio deseable en política social. Poco mencionan la necesidad de cambiar el modelo de desarrollo basado en materias primas y escasa producción industrial, porque están mayoritariamente cooptados por los intereses de constructores, mineras y sector financiero. 

Son partidarios de un Estado pequeño, restringido al control de EPS y de administradoras de pensiones privadas, más que de un Estado garantista de las oportunidades que piden los jóvenes en las calles. Su audacia es acotada a los intereses que tienen detrás. Lo más peligroso, desde el uribismo, son los fanáticos de derecha que proponen la solución desde el autoritarismo militarista, que niega la realidad del último mes.

En el medio, La Coalición de la Esperanza, cuyo principal candidato en encuestas es Sergio Fajardo, se plantea como el equilibrio entre lo deseable y lo posible. Proponen transformaciones en materia social, pero no tan de fondo como las de Petro. Ofrecen un sistema educativo que genere un tránsito hacia nuevos desarrollos industriales, pero están un poco maniatados por los intereses empresariales, es decir, del marco de lo posible. A un año de las elecciones, este grupo ofrece las mejores condiciones para los radicalizados de derecha e izquierda. 

El sólo hecho de haberse constituido como un colectivo, donde hay líderes de izquierda como Jorge Robledo y otros cercanos a los políticos tradicionales como Juan Fernando Cristo y Juan Manuel Galán, da más esperanza de que el proyecto es menos personalista, más pluralista y democrático.

Lo deseable y lo posible para Colombia es recuperar la confianza en su gente y sus líderes políticos, no dividirlos más, porque en esas condiciones asciende el populismo de derecha o de izquierda, vendrá más violencia, muertos y autoritarismo, que en el largo plazo es peor para todos. Veo el vaso medio lleno.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen únicamente al autor.

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#UrabáNoticias

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